Hjalmar Schacht (1877-1970) fue un destacado financiero y político alemán. Es reconocido internacionalmente por haber contribuido decisivamente a detener la hiperinflación de la República de Weimar en 1923 y por su gestión como presidente del Reichsbank (el Banco Central Alemán) y ministro de Economía bajo el régimen nazi.
Es, sin duda, uno de los banqueros centrales más brillantes que hayan existido y, a mi juicio, muy superior al que hoy tenemos en el Perú. Julio Velarde ha cometido errores y horrores que han permanecido ocultos, pese a ser constantemente elogiado por el control de la inflación y la estabilidad del dólar en un país como el Perú, cuya economía representa apenas el 0.25 % del PBI mundial y cuyo turismo ni siquiera alcanza los cuatro millones de visitantes extranjeros al año, frente a los más de cien millones que reciben Francia y España, entre otros países.
En rigor, el Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) tenía una tarea relativamente sencilla luego del desastre hiperinflacionario provocado durante el primer gobierno de Alan García, producto del uso excesivo y, a mi juicio, profundamente equivocado de la emisión monetaria.
Cuestionamientos a Julio Velarde
Velarde, un soltero empedernido que, increíblemente, no cuenta con licencia profesional de economista ni con un doctorado —quizá por simple desinterés—, ha mantenido una posición obstinada en contra de invertir en oro desde que asumió la presidencia del BCRP en 2006. Considero que esa decisión ha significado una pérdida de, al menos, US$ 30,000 millones en el nivel de reservas, una factura que alguien debió reclamarle.
Además, suma a las actuales Reservas Internacionales Netas (RIN), de aproximadamente US$ 100,000 millones, las obligaciones de corto plazo con residentes, que ascienden a US$ 30,751 millones al 17 de julio, según la Nota 27, Cuadro 22 del Instituto Emisor, que muestra una posición de cambio de US$ 68,947 millones.
En mi opinión, Velarde también destruyó el Fondo de Estabilización Fiscal (FEF), que preside desde su creación. Pese a su deficiente rentabilidad, dicho fondo llegó a contar con US$ 9,100 millones, pero fue reducido a un irrisorio US$ 1 millón en 2020, durante la pandemia, sin una justificación convincente. El FEES chileno, su contraparte, constituye un ejemplo de eficiencia y evidencia, a mi juicio, el pobre manejo del FEF en el Perú. Sorprendentemente, casi nadie lo ha cuestionado, mientras una mayoría congresal —que afortunadamente está por concluir su mandato— ha guardado silencio.

Estilo “gota a gota”
Velarde enfrenta, además, otro problema complejo al aceptar que los créditos otorgados por prestamistas informales alcancen tasas de 800 % anual e incluso de hasta 10,000 % anual, como ocurre con el sistema delincuencial del «gota a gota», cuyos cobros son diarios. Estas prácticas, según el autor, son consecuencia del sistema promovido por Asbanc, conformado por cuatro grandes oligopolios y otras entidades más pequeñas, que desde 1990 nunca han pagado tasas reales de ahorro atractivas, mientras la usura quedó legalizada. A ello se suma que el BCRP aún no ha podido implementar una criptomoneda del banco central debido a problemas relacionados con la tecnología blockchain.
Pero dejemos por un momento a este sobrevalorado personaje, hacia quien no siento animadversión, sino asombro por el prestigio que ha construido. Creo que el tiempo terminará ubicándolo en una situación similar a la de Alan Greenspan —guardando, por supuesto, las enormes diferencias entre ambas economías—, quien, pese a haber sido considerado durante años el banquero central más importante del mundo, vio desmoronarse ese mito tras el estallido de la burbuja de las empresas punto com y la llamada «exuberancia irracional». Aquel brillante saxofonista y doctor en Economía terminó demostrando que no era exactamente la figura infalible que muchos proclamaban, del mismo modo en que hoy se presenta a Julio Velarde.

El papel de Schacht en Alemania
Conviene recordar que Hjalmar Schacht ocupó la presidencia del Reichsbank en dos periodos (1923-1930 y 1933-1939), desempeñando un papel decisivo en la estabilización de la economía alemana tras la Primera Guerra Mundial.
En 1934 fue nombrado ministro de Economía por Adolf Hitler. Desde ese cargo impulsó la recuperación económica y el rearme de Alemania. Sin embargo, las discrepancias respecto al acelerado incremento del gasto militar lo llevaron a renunciar en 1937.
Durante los Juicios de Núremberg, aunque había formado parte del gobierno nazi, se estableció que nunca fue miembro del Partido Nacionalsocialista. El Tribunal Militar Internacional lo absolvió de los cargos por crímenes de guerra, aunque posteriormente permaneció un breve periodo en prisión por decisión de los tribunales de desnazificación. Su biografía publicada por la Encyclopaedia Britannica resulta, sin duda, extraordinaria y ampliamente recomendable.
Schacht impulsó la reactivación de la industria alemana y propuso a Hitler convertir a Alemania en la principal potencia económica de Europa a través del comercio. Desarrolló una política de inversiones públicas que impulsó grandes obras de infraestructura, entre ellas la construcción de autopistas, al tiempo que redujo el déficit presupuestario del Estado.
Su estrategia para combatir la inflación se plasmó en los denominados Bonos Mefo, un mecanismo financiero extraordinariamente innovador para su época. Estos instrumentos constituyeron una forma de circulación pseudomonetaria que permitió reducir drásticamente la inflación sin recurrir a una emisión monetaria convencional. Falleció en Múnich en 1970, a los 93 años.
Comparación con Velarde
A mi juicio, Schacht integra el grupo de grandes figuras de la banca central junto a Paul Volcker, Mario Draghi, Stanley Fischer, Christine Lagarde, Alan Greenspan, Jay Powell y Ben Bernanke. Todos ellos poseen, a mi juicio, una trayectoria académica y profesional ampliamente superior.
No logro comprender cómo, en una economía como la peruana, que representa apenas el 0.25 % del PBI mundial, se ha construido la imagen de Velarde como el mejor banquero central del mundo gracias a una eficaz estrategia de promoción, sustentada principalmente en una inflación menor que la de Estados Unidos, argumento que él mismo suele destacar en sus intervenciones públicas.
Considero que esa afirmación constituye una enorme exageración. Más aún si se tiene en cuenta que se le ha renovado sucesivamente en la presidencia del Banco Central desde 2006, pese a que supera los 75 años y a que la institución, a diferencia de la Reserva Federal de Estados Unidos, no tiene entre sus principales objetivos la promoción del empleo.
La Reserva Federal debe enfrentar los desafíos de un mercado laboral complejo, mientras que el Perú mantiene, según el INEI, alrededor del 70 % de su fuerza laboral en la informalidad, con graves implicancias para la política fiscal y el sistema previsional.
A pesar de ello, constantemente se afirma que la macroeconomía peruana marcha bien y que el PBI ha retomado una senda de crecimiento. En mi opinión, esas afirmaciones carecen de un sustento suficientemente sólido y reflejan una visión excesivamente optimista de la realidad económica del país.
Pobre país. Mientras el discurso oficial celebra una supuesta solidez macroeconómica, la realidad de millones de peruanos continúa marcada por la informalidad, el bajo crecimiento y la ausencia de reformas estructurales.