Acabo de recibir un artículo de Frank Ygnacio Rosas, quien trabajó con nosotros en Cápsulas para Millennials y, hace algún tiempo, partió a Estados Unidos para continuar sus estudios en finanzas. Actualmente se desempeña profesionalmente en ese país (sus datos figuran al final de esta nota).
Le pedí su opinión sobre el tema del momento: SpaceX. Considero que su análisis merece ser compartido y, por ello, lo presento a continuación.
Un estreno que hizo historia
El pasado viernes 12 de junio, una hora antes de que abriera la Bolsa de Nueva York, SpaceX lanzó un cohete desde Florida. Era el vuelo número 650 de su Falcon 9, una jornada más para la empresa de Elon Musk. Sin embargo, lo extraordinario ocurrió después. Esa misma mañana, tras 24 años como empresa privada, la compañía vendió por primera vez sus acciones al público y cerró la jornada convertida en una de las firmas más valiosas del planeta.
Musk, quien alguna vez estimó que su empresa tenía menos de un 10 % de probabilidades de éxito, terminó convirtiéndose en la primera persona con una fortuna superior al billón de dólares. Y hablo de billones en nuestro sistema numérico: millones de millones, no del «billion» estadounidense.
Ese fue el escenario de la mayor salida a bolsa de la historia, el famoso IPO. SpaceX vendió alrededor de 555 millones de acciones a US$135 cada una y recaudó US$75,000 millones, cifra que ascendió a US$85,700 millones cuando los bancos colocaron acciones adicionales ante la enorme demanda.
El récord anterior pertenecía a Saudi Aramco, la petrolera estatal saudí, que en 2019 captó cerca de US$29,000 millones. SpaceX prácticamente triplicó esa cifra y, además, fijó el precio de sus acciones sin realizar la tradicional gira entre grandes inversionistas para medir el interés del mercado, un privilegio reservado para quienes saben que la demanda está garantizada.
Mucho más que cohetes
Detrás de este fenómeno bursátil aparecen otros protagonistas además de Elon Musk. Gwynne Shotwell, presidenta y directora de operaciones de SpaceX, fue la encargada de tocar la campana en la Bolsa de Nueva York, mientras Musk seguía el acontecimiento desde Texas.
Los principales bancos de Wall Street —Goldman Sachs, Morgan Stanley, Bank of America, Citigroup y JPMorgan— aceptaron comisiones inferiores al 0.75 %, muy por debajo del rango habitual de entre 4 % y 7 %, con tal de participar en una operación histórica.
Un detalle cambia además la lectura de todo el proceso: meses antes de salir a bolsa, SpaceX absorbió xAI, la empresa de inteligencia artificial creada por el propio Musk. En consecuencia, lo que llegó al mercado no fue únicamente una empresa espacial dedicada a cohetes y satélites, sino también una gigantesca apuesta por la inteligencia artificial.
Como efecto adicional, se estima que el debut bursátil convirtió en millonarios a más de 4,000 trabajadores de la compañía.
Sin embargo, quien compró acciones adquirió el sueño, pero no el control. Musk conserva el 42 % del capital, aunque controla el 82 % de los derechos de voto gracias a acciones especiales que otorgan diez votos por cada título, frente al único voto de las acciones comunes. Además, tiene comprometida la entrega de 1,300 millones de acciones adicionales si consigue llevar un millón de personas a Marte. En otras palabras, el pequeño accionista viaja como pasajero… y en los últimos asientos.

Una fiebre bursátil sin precedentes
La reacción del mercado fue vertiginosa. La acción cerró su primer día en US$160.95, un 19 % por encima del precio de colocación, llevando el valor bursátil de la empresa hasta aproximadamente US$2.1 billones.
Al tercer día de cotización alcanzó los US$201.80 por acción, elevando su capitalización a US$2.66 billones («trillones» estadounidenses), superando a Amazon y acercándose a Microsoft.
Todo ello ocurrió en una empresa que facturó US$18,700 millones durante 2025 y registró pérdidas cercanas a US$5,000 millones ese mismo año. En términos prácticos, el mercado llegó a valorar SpaceX en más de cien veces sus ventas anuales.
Posteriormente, la gravedad financiera hizo su trabajo y, a comienzos de julio, la acción retrocedió hasta US$148, por debajo de los US$150 alcanzados en sus primeras operaciones, aunque todavía por encima del precio inicial de colocación.
La velocidad del proceso también llamó la atención. Aunque la Bolsa abrió a las 9:30 de la mañana, la primera operación de SpaceX recién se concretó a las 11:46 debido al enorme volumen de órdenes pendientes.
Muchos pensarían que las operaciones de alta frecuencia dominaron la jornada y, ciertamente, estuvieron presentes. Sin embargo, el verdadero protagonista fue el inversionista minorista.
Solo el primer día cambiaron de manos más de 500 millones de acciones, equivalentes a unos US$85,000 millones. Durante las tres primeras sesiones, el volumen promedio alcanzó US$66,000 millones diarios, más del doble del movimiento habitual de Nvidia, considerada actualmente la empresa más valiosa del mundo.
Citadel Securities registró el mayor volumen histórico de compras realizadas por pequeños inversionistas, superando en 50 % su récord anterior. Ello fue posible porque cerca del 30 % de la colocación estuvo reservada para el público.
Como símbolo de esta nueva etapa, incluso plataformas vinculadas al mercado de criptomonedas permitían apostar por el precio de SpaceX antes de que la acción comenzara oficialmente a cotizar. En otras palabras, el mercado le puso precio al cohete antes de que despegara.
Más que velocidad tecnológica, lo ocurrido refleja una nueva velocidad de acceso al mercado: aplicaciones que permiten comprar fracciones de acciones por pocos dólares y un ingreso casi inmediato al Nasdaq-100, obligando a numerosos fondos de inversión a incorporar el papel en sus carteras.
¿Estamos comprando el futuro o pagándolo por adelantado?
Las perspectivas hacia adelante dependen del analista al que se consulte.
Musk ha insinuado que la empresa podría generar alrededor de un billón de dólares en ingresos hacia 2030, es decir, multiplicar por más de cincuenta sus ventas actuales en apenas cuatro años.
En la documentación presentada al regulador, SpaceX estima un mercado potencial de US$28.5 billones, el mayor de la historia, atribuyendo cerca del 90 % de ese potencial al desarrollo de la inteligencia artificial.
Morgan Stanley considera que la acción podría alcanzar los US$300, mientras que Morningstar estima un valor cercano a los US$63. Por su parte, el reconocido inversionista Jeremy Grantham calificó esta operación, sin rodeos, como «el IPO más loco de la historia». Pocas veces Wall Street ha mostrado una diferencia tan amplia entre analistas de primer nivel.
Mi lectura personal es más sencilla. SpaceX es una empresa extraordinaria. Domina ampliamente el mercado de lanzamientos espaciales y Starlink, su servicio de internet satelital, genera la mayor parte de sus ingresos.
La verdadera pregunta no es si la empresa tiene un gran negocio, sino cuánto de ese futuro ya está incorporado en el precio actual de la acción.
Conviene afinar el criterio, porque OpenAI y Anthropic ya presentaron sus documentos y también se preparan para incorporarse al mercado público.
SpaceX habría sido el primer gran cohete de la nueva era de las salidas a bolsa vinculadas a la inteligencia artificial.
El tiempo, ese árbitro implacable, será quien determine si los inversionistas compraron un pedazo del futuro… o simplemente pagaron por él antes de tiempo.
Artículo elaborado por :
Frank Ygnacio Rosas, Cqf
Investment Operations & Data Analyst
University of Minnesota, Office of Investments & Banking
Portfolio: https://linktr.ee/fsyrosas