Hace varios años publiqué en mi portal Finanzas y Otros una serie de artículos sobre el célebre Acuerdo Plaza, firmado el 22 de septiembre de 1985 en el Hotel Plaza de Nueva York. Hoy el tema vuelve a discutirse y vale la pena recordar qué ocurrió realmente y por qué resulta muy difícil pensar en un «Plaza 2.0».
En aquel entonces, los ministros de Economía y los presidentes de los bancos centrales de Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental, Francia y el Reino Unido acordaron intervenir coordinadamente para devaluar un dólar que se había fortalecido excesivamente y estaba afectando la competitividad de la industria estadounidense.
La medida funcionó. El dólar cayó cerca de un 30 % frente a las principales monedas y ayudó a reducir el déficit comercial de Estados Unidos sin provocar una crisis financiera.

El escenario cambió
Hoy algunos economistas vuelven a plantear la posibilidad de repetir aquella estrategia debido a la fortaleza del dólar y sus efectos sobre la economía mundial. Sin embargo, el contexto es completamente distinto.
Vivimos en un mundo donde existen las criptomonedas, las stablecoins, la inteligencia artificial, una enorme liquidez internacional producto de los programas de expansión monetaria y un mercado financiero mucho más complejo que el de los años ochenta.
Además, el mercado cambiario mundial ha crecido de manera extraordinaria. Según el Banco de Pagos Internacionales, el volumen diario de operaciones pasó de aproximadamente 200.000 millones de dólares en 1986 a 12 billones de dólares en 2024. En un mercado de semejante tamaño, la capacidad de unos cuantos gobiernos para mover las divisas es mucho menor que hace cuarenta años.
China cambió las reglas
Un reciente análisis de The Economist explica con claridad por qué un nuevo Acuerdo Plaza tendría pocas posibilidades de éxito. En 1985 bastó el acuerdo entre cinco grandes economías. Hoy eso sería insuficiente.
La segunda economía del mundo es China, que posee las mayores reservas internacionales y mantiene un enorme peso sobre el mercado cambiario. Pretender un nuevo Acuerdo Plaza sin la participación china sería tan inútil como haber firmado el acuerdo original sin Japón. Y todo indica que Pekín no tiene ningún interés en participar.

No basta con mirar el pasado
Existe otro elemento importante. El éxito del Acuerdo Plaza también estuvo acompañado de una política fiscal mucho más disciplinada en Estados Unidos. Hoy ocurre exactamente lo contrario. El déficit fiscal estadounidense continúa siendo elevado y no existe un consenso político para corregirlo.
Por ello, aun cuando se lograra un acuerdo internacional, sus resultados serían mucho más limitados que hace cuarenta años.
Una lección para el Perú
La excelente nota publicada por The Economist deja una enseñanza importante: la historia sirve para entender el presente, pero no para copiar mecánicamente soluciones del pasado.
Hoy el mundo es mucho más complejo. La tecnología avanza a una velocidad inédita, la inteligencia artificial transforma los mercados, las criptomonedas desafían a los bancos centrales y la geopolítica introduce nuevas incertidumbres.
En el Perú todavía abundan economistas y opinólogos que creen que basta con mostrar buenos indicadores macroeconómicos o un mayor PBI para hablar de bienestar. La realidad demuestra que eso ya no alcanza. El crecimiento económico sigue siendo importante, pero por sí solo no resuelve los desafíos de una economía global completamente distinta a la de 1985.