La familia Flores está en aprietos: sus pequeños negocios de ropa y comida no van bien y las cuentas simplemente no cuadran. Al final del mes siempre les falta dinero para pagar las deudas; es decir, tienen un déficit permanente.
Para entender cómo salir de esta tormenta, imaginen el presupuesto del hogar como el motor de un mototaxi. Si no entienden cómo funciona cada pieza, el motor se va a fundir. Por eso, hablemos en cristiano de tres conceptos clave que los Flores —y todos nosotros— debemos dominar:
- El déficit: es cuando gastas más dinero del que te ingresa. Es ese hueco negro en la billetera que te deja temblando a fin de mes.
- El gasto corriente: es la «grasa» del día a día; lo que se consume y desaparece: los almuerzos caros en la calle, la suscripción de televisión que nadie ve, el último celular de moda o las gaseosas diarias. Este gasto no te devuelve ni un sol; se esfuma por completo.
- El gasto de inversión: es la «semilla»; la plata que pones hoy para que te dé frutos mañana. Por ejemplo, comprar una congeladora más eficiente para el negocio de marcianos o adquirir mercadería al por mayor para la tienda de abarrotes. Este gasto regresa con ganancias.
El peligro de pedir prestado para «la fiesta»
El gran error de don Flores es querer pedir prestado para cubrir el gasto corriente, lo cual constituye un auténtico suicidio financiero. Solicitar un crédito al banco (o, peor aún, al prestamista de la esquina) para pagar el recibo de luz vencido por haber gastado en tonterías, o para armar una fiesta familiar, solo agranda el agujero económico.
Esa deuda viene con intereses altos que te amarran el cuello. Al mes siguiente, no solo sigues teniendo el mismo gasto corriente, sino que ahora debes cubrir la cuota del crédito, quedando en una situación mucho peor.
El gasto corriente superfluo no se financia con deuda: ¡se recorta con tijera de podar! Aunque duela, hay que sincerar las cuentas y tachar todo lo que no sea estrictamente necesario para sobrevivir. Se sacrifican las salidas, las marcas caras y los caprichos.
La deuda buena: invertir para crecer
¿Significa esto que los Flores no deben endeudarse? No. Si van a buscar un préstamo, debe ser exclusivamente para gasto de inversión.
Si la tienda principal está floja, los Flores pueden pedir prestado para potenciar sus otros negocios más pequeños que sí están dejando un margen de ganancia —por ejemplo, preparar y vender menús económicos—. Ese capital inyectado generará más ventas y, con esa utilidad, se podrá cubrir el bendito déficit familiar. La deuda es buena solo si el dinero trabaja para ti, no si te lo comes.
No basta con rezar: vienen tiempos duros
Muchos dicen en la mesa: «Ya vendrán tiempos mejores, Dios proveerá». Pero sentarse a esperar es una trampa; no estamos para milagros económicos, menos aún cuando el clima y la tierra nos advierten constantemente. Los Flores viven en el Perú, donde la amenaza de un fenómeno de El Niño que golpee los precios o la sombra de un gran terremoto en Lima y Callao que paralice todo son riesgos muy reales. Si esos desastres nos agarran con déficit y llenos de deudas por gastos corrientes, la caída será mortal.
Hay que tomar conciencia de la peligrosidad del gasto corriente descontrolado: es un parásito silencioso que se come tu futuro. Toca amarrarse el cinturón hoy para tener un techo seguro mañana.
