Desde hace muchos años —y no soy, por cierto, el único en sostenerlo— el uso del PBI como principal medida del bienestar económico es, en gran parte, un bluff. El propio Simon Kuznets, considerado el padre de este indicador, advirtió al Congreso de Estados Unidos que el bienestar de una nación no podía medirse únicamente a través de su producción.
Pero, al igual que ocurre con la idea del corazón como símbolo de los sentimientos humanos, ciertas creencias terminan instalándose en el imaginario colectivo y sobreviven a cualquier evidencia en contrario.
Durante siglos se pensó que el corazón era el órgano donde residían las emociones. Sin embargo, desde que el cirujano Christiaan Barnard realizó los primeros trasplantes de corazón en seres humanos, quedó claro que ningún receptor heredaba los sentimientos del donante. A pesar de ello, el corazón sigue siendo un símbolo de amor, patriotismo y emociones. Algo parecido sucede con el PBI.
Las trampas del crecimiento
Creado en la década de 1930 por Simon Kuznets, el PBI continúa siendo el indicador estrella de gobiernos, organismos internacionales y analistas económicos. Incluso algunos llegan a confundirlo con una especie de «caja» o de dinero disponible.
Pero el indicador presenta enormes limitaciones.
Por ejemplo, el PBI contabiliza la producción realizada por residentes extranjeros dentro de un país, aunque una parte importante de las utilidades termine siendo transferida al exterior a través de la balanza de pagos.
Tampoco incorpora adecuadamente el peso de la economía informal, la economía subterránea, las actividades ilegales, los daños ambientales ni el trabajo no remunerado de millones de personas, como el que realizan las amas de casa.
En consecuencia, un país puede exhibir un elevado crecimiento económico y, al mismo tiempo, registrar enormes problemas de desigualdad, pobreza o deterioro ambiental.

El mundo en 2075
En este contexto, Goldman Sachs, a través de un informe difundido por Juan Diego Murcia, presentó un interesante ejercicio de proyección sobre las economías más grandes del mundo hacia el año 2075.
El estudio, denominado The Path to 2075, analiza 104 países y concluye que:
- China seguiría siendo la mayor economía del mundo, con un PBI estimado de US$57 billones.
- India ocuparía el segundo lugar, con US$52,5 billones.
- Estados Unidos se ubicaría en el tercer puesto, con US$51,5 billones.
El informe también muestra el creciente protagonismo de las economías emergentes. Indonesia, Nigeria, Pakistán y Egipto ingresarían al grupo de las grandes potencias económicas, impulsadas principalmente por el crecimiento de su población y de su fuerza laboral.
En América Latina, Brasil sería la economía más grande, mientras que Perú aparecería con un PBI proyectado de US$2,1 billones, al mismo nivel que Kazajistán y por detrás de Colombia y Argentina.
Asimismo, Goldman Sachs estima que las economías emergentes seguirán creciendo a un ritmo superior al de las economías desarrolladas y que Asia continuará siendo el principal motor del crecimiento mundial. La nota suena interesante, técnica y muy profesional. Pero también puede ser engañosa.
Porque las proyecciones del PBI nos dicen cuánto podrían producir los países, pero no necesariamente cómo vivirán sus ciudadanos, cómo se distribuirá esa riqueza ni si ese crecimiento será sostenible.
En otras palabras, el PBI puede medir el tamaño de una economía, pero está muy lejos de medir el verdadero bienestar de una sociedad.
Y ese es, precisamente, el gran problema de seguir utilizando un indicador incompleto como si fuera la medida definitiva del progreso de las naciones.
Ver : . https://www.linkedin.com/pulse/detesto-al-fat%C3%ADdico-y-enga%C3%B1oso-pbi-dennis-falvy-wsgee/?trackingId=hipwis%2FBnWo4eyw27B%2FWxg%3D%3D