Yuval Noah hace, a mi juicio, un estupendo post que da que pensar de lo que acontece en nuestros días a nivel mundial y que desgraciadamente aquí en el Perú no se trata pues estamos imbuidos en conflictos que suponen que somos autárquicos y peor que eso, no tenemos una visión de conjunto, de país, ni a dónde vamos.
Por eso mi determinado interés de exponer lo que este analista Noah señala en el Financial Times, y que empieza señalando que es sorprendente como los titulares expresan conmoción e incredulidad cada vez que Trump ataca otro pilar del orden liberal global, por ejemplo, al apoyar los reclamos de Rusia sobre territorio ucraniano, contemplar la anexión forzada de Groenlandia o desatar el caos financiero con sus anuncios arancelarios.
Las políticas de Trump son tan consistentes y su visión del mundo tan claramente definida, que a esta altura sólo un autoengaño deliberado puede explicar cualquier sorpresa.
Los partidarios del orden liberal ven el mundo como una red de cooperación potencialmente beneficiosa para todos.
Creen que el conflicto no es inevitable, porque la cooperación puede ser mutuamente beneficiosa. Esta creencia tiene profundas raíces filosóficas.
Los liberales sostienen que todos los seres humanos comparten algunas experiencias e intereses comunes, lo que, por ejemplo, todos los países se beneficiarían del intercambio de conocimientos médicos, de los esfuerzos mundiales para erradicar las epidemias y del establecimiento de instituciones como la Organización Mundial de la Salud que coordinen dichos esfuerzos.
Lo mismo en el flujo de ideas, bienes y personas entre países, tienden a entenderlo en términos de potenciales beneficios mutuos más que de competencia y explotación inevitables.
Visión Trumpiana
Pero en la “Visión Trumpiana” el mundo es visto como un juego de suma cero en el que cada transacción implica ganadores y perdedores.
Las ideas y otros, son intrínsecamente sospechosas.
En el mundo de Trump, los acuerdos, organizaciones y leyes internacionales no pueden ser otra cosa que un complot para debilitar a algunos países y fortalecer a otros, o tal vez un complot para debilitar a todos los países y beneficiar a una siniestra élite cosmopolita.
Si Trump pudiera remodelar el mundo según sus deseos, ¿cómo sería?
Un mosaico de fortalezas, donde los países están separados por altos muros financieros, militares, culturales y físicos. Se renuncia al potencial de una cooperación mutuamente beneficiosa, pero argumentan que ofrecerá a los países más estabilidad y paz.
Pero el autor dice que en esta visión falta un componente clave.
Miles de años muestran que cada fortaleza probablemente querría un poco más de seguridad, prosperidad y territorio para sí, a expensas de sus vecinos.
En ausencia de todo ¿cómo resolverían sus disputas las fortalezas rivales?
Débiles ante fuertes
Trump señala entonces que la solución es sencilla: la manera de prevenir conflictos es que los débiles hagan lo que exigen los fuertes y al aceptar esa realidad ya no hay conflicto y es la guerra culpa de los débiles si no aceptan ello.
Cuando Trump culpó a Ucrania por la invasión rusa, mucha gente no pudo entender cómo podía mantener una opinión tan absurda.
Según la visión del mundo trumpiana, las consideraciones de justicia, moralidad y derecho internacional son irrelevantes, y lo único que importa en las relaciones internacionales es el poder y la débil Ucrania debió rendirse.
La misma lógica subyace al plan de Trump de anexar Groenlandia. Y si se resiste Dinamarca será la única responsable de cualquier violencia y derramamiento de sangre.
Pero sigue el autor señalando que hay tres problemas obvios con la idea de que las fortalezas rivales pueden evitar el conflicto aceptando la realidad y llegando a acuerdos.
En primer lugar, expone la mentira detrás de la promesa de que en un mundo de fortalezas todos se sentirán menos amenazados y cada país podría centrarse en desarrollar pacíficamente sus propias tradiciones y economía.
De hecho, las fortalezas más débiles pronto se verían absorbidas por sus vecinos más fuertes, que pasarían de ser fortalezas nacionales a extensos imperios multinacionales.
Trump mientras construye muros para proteger territorio y recursos estadounidenses, dirige su mirada depredadora hacia el territorio y recursos de otros países, incluidos antiguos aliados.
Después de los ataques del 11 de septiembre, Dinamarca cumplió con entusiasmo sus obligaciones en el marco del tratado de la OTAN.
Cuarenta y cuatro soldados daneses murieron en Afganistán, una tasa de mortalidad per cápita más alta que la sufrida por el propio Estados Unidos.
Trump no se molestó en decir «gracias». En cambio, espera que Dinamarca ceda ante sus ambiciones imperialistas.
Está claro que quiere vasallos más que aliados.
Un segundo problema es que, como ninguna fortaleza puede permitirse el lujo de ser débil, todas ellas estarían bajo una enorme presión para fortalecerse militarmente.
Se desviarían recursos de los programas de desarrollo económico y bienestar a la defensa.
Las carreras armamentistas resultantes disminuirían la prosperidad de todos sin hacer que nadie se sintiera más seguro. Y, en tercer lugar, la visión trumpiana espera que los débiles se rindan ante los fuertes, pero no ofrece un método claro para determinar la fuerza relativa.
En 1965, Estados Unidos estaba convencido de que era mucho más fuerte que Vietnam del Norte y que si aplicaba suficiente presión podría obligar al gobierno de Hanoi a llegar a un acuerdo.
Los norvietnamitas se negaron a reconocer la superioridad estadounidense, perseveraron contra enormes adversidades y ganaron la guerra.
De manera similar, en 1914, tanto Alemania como Rusia estaban convencidas de que ganarían la guerra antes de Navidad.
Calcularon mal
La guerra duró mucho más de lo que se esperaba y estuvo plagada de giros y vueltas imprevistos.
En 1917, el derrotado Imperio zarista se vio envuelto en la revolución, pero a Alemania se le negó la victoria debido a la intervención inesperada de los Estados Unidos.
¿Debería entonces Alemania haber llegado a un acuerdo en 1914?
¿O tal vez fue el zar ruso quien debería haber reconocido la realidad y cedido a las exigencias alemanas?
En la actual guerra comercial entre China y Estados Unidos, ¿quién debería hacer lo sensato y rendirse anticipadamente?
Se podría responder que, en lugar de ver el mundo en términos de suma cero, es mejor que todos los países trabajen juntos para garantizar la prosperidad mutua.
Pero si piensas así, estás rechazando las premisas básicas de la visión trumpiana.
La visión trumpiana no es una novedad. Ella conduce a un ciclo interminable de construcción de imperios y guerras.
Y hoy en día las fortalezas rivales tendrían que lidiar no sólo con la vieja amenaza de la guerra, sino también con los nuevos desafíos del cambio climático y el surgimiento de la IA superinteligente.
Sin una sólida cooperación internacional no hay manera de abordar estos problemas globales.
Como Trump no tiene una solución viable ni para el cambio climático ni para una IA fuera de control, su estrategia es simplemente negar su existencia.
Mosaico de fortalezas
La visión liberal del mundo como una red cooperativa es reemplazada por la visión del mundo como un mosaico de fortalezas.
Esto se está produciendo a nuestro alrededor: se están levantando muros y se están construyendo puentes levadizos.
Si esto continúa, los resultados a corto plazo serán guerras comerciales, carreras armamentistas y expansión imperial.
Los resultados finales serán una guerra global, un colapso ecológico y una IA fuera de control.
Podemos sentirnos tristes e indignados por estos acontecimientos y hacer todo lo posible para revertirlos, pero ya no hay excusa para sorprendernos.
En cuanto a aquellos que desean defender la visión de Trump, deberían responder una pregunta: ¿cómo pueden las fortalezas nacionales rivales resolver pacíficamente sus disputas económicas y territoriales si no existen valores universales ni leyes internacionales vinculantes?
Ver: https://www.ft.com/content/06cc7b0f-3e32-4164-b096-ff92a1532236