Recuerdo que mi padre me contó, de pequeño, que en 1940, cuando ya era médico residente en el hospital Loayza, estaba en un tranvía por la avenida Sáenz Peña, en el Callao, y repentinamente la máquina se ladeó de lado a lado de manera horrible. Él, que medía como 6 pies (183 cm) y era delgado y pati largo, salió despedido y, con el enorme ruido, tomó nota de un siniestro terremoto que hizo más daño al día siguiente y en los posteriores, pues ya se estaba a un año de la Segunda Guerra Mundial y el abastecimiento y las importaciones eran paupérrimos. Como era un gran químico, y con la ayuda de un farmacéutico de apellido Málaga, mi padre salvó a muchos de morir, preparando cucharadas para tantos siniestrados y enfermos de dolencias casi mortales.
Eso le quedó como sello profesional, pues en su consultorio en el Callao, que mantuvo por decenas de años, los pacientes a veces esperaban al Dr. Falvy sentados en las escaleras. Mi padre fue, sin duda, un médico de pueblo, y su nieto, mi hijo Ian, le sigue los pasos. Yo solo duré año y medio en la escuela de medicina, para disgusto y pesar de mi mamá, que era enfermera, pero así es la vida y el fútbol, pues.
El fantasma de la placa de Nazca
Tavera, del IGP, acaba de decir lo mismo que repite hace años: somos una zona sísmica, es inevitable que la placa de Nazca libere energía, y hay que prepararse, pues las condiciones del suelo y las edificaciones en Lima son un desastre. Se han usado hasta ladrillos pandereta para ahorrar en lo que se llama el casco de la construcción.
El caso es que hubo otro sismo en Lima-Callao antes del de 1746, y fue en 1687, cuando extrañamente se produjeron dos movimientos telúricos mayores: uno a eso de las 4 de la mañana y el otro al mediodía, con una magnitud de 8.4 a 8.7, que devastó la costa central del Perú desde Chancay hasta Pisco.
Pero el sismo que marca la historia, y que es la base de lo que se conoce como el «Silencio Sísmico», ocurrió en 1746, y en las redes y bibliotecas hay bastante información sobre lo terrible que fue aquello en la época virreinal. Incluso hay dos videos que recomiendo ver, que son realmente muy buenos.

1746: el terremoto que marcó la historia de Lima
El sismo de 1746 ocurrió el 28 de octubre de ese año en la costa central del Virreinato del Perú. Gobernaba entonces el virrey José Antonio Manso de Velasco. Es considerado el mayor terremoto ocurrido en Lima hasta la fecha, y el segundo en la historia del Perú después del terremoto de Arica de 1868.
Según testimonios de la época, la catástrofe que se avecinaba fue perceptible en varias oportunidades, pues los marinos, veintitrés días antes del terremoto, notaron exhalaciones ígneas que parecían envolver al Callao. Manuel Romero, entonces alcaide de la cárcel de la isla San Lorenzo, contaba que se veía como si el puerto se deshiciera en pavesa y se sentían ruidos bajo tierra, como el mugido de centenares de bueyes unas veces, y otras, como disparos de artillería.
El viernes 28 de octubre de 1746, a las 10:30 p. m., los habitantes de Lima fueron sorprendidos por las violentas sacudidas de la tierra, que los obligaron a abandonar sus casas y buscar lugares descampados. No todos pudieron hacerlo, y aun aquellos que ganaron la calle fallecieron al derrumbarse los muros adyacentes. La confusión y el espanto cundieron por toda la ciudad, e hizo mayor el desconcierto el hecho de que la oscuridad no fuera tanta, por la iluminación de la luna.
La duración del sismo, según las relaciones de la época, fue de tres a cuatro minutos, lo que provocó la destrucción total de la ciudad. Lima tenía 60,000 habitantes y contaba con 3,000 casas, repartidas en 150 manzanas. Cayeron las partes altas de templos, conventos, mansiones y diversas construcciones; una vez terminado el sismo, nubes de polvo ocultaron la visión de la población.
No es posible dar otras indicaciones del fenómeno porque no las traen las crónicas de la época, salvo lo que dice el marqués de Obando sobre la dirección del movimiento: que su mayor ímpetu parecía venir del noroeste. Como en la época no se tenían instrumentos de medición modernos, no se puede saber con total exactitud la magnitud del sismo, pero las estimaciones lo ubican entre 8.6 y 9.0 Mw.
En medio de tan grande confusión, y sucediéndose las réplicas, no fue posible acudir al auxilio de los heridos. Algunos fueron extraídos de entre los escombros después de haber pasado uno y hasta dos días sepultados.
La procesión del Señor de los Milagros se realizó por primera vez después del devastador terremoto de 1687, cuando el muro, otra vez, se mantuvo en pie. Se hizo una réplica en lienzo que salió en procesión desde el humilde barrio de Pachacamilla —hoy Santuario y Monasterio de las Nazarenas— hasta la Plaza Mayor y las principales calles de la ciudad, y Barrios Altos. Se declaró fiesta oficial después del terremoto de octubre de 1746.
El 29 de octubre, la magnitud del terremoto hizo que, de las tres mil casas que componían las ciento cincuenta manzanas encerradas dentro de las murallas de Lima, apenas veinticinco se mantuvieran incólumes, mientras que las calles eran intransitables por los escombros. Las torres de la Catedral se desplomaron y cayeron sobre las bóvedas, destruyéndolas. Otro tanto sufrieron las torres de las iglesias de San Agustín, La Merced y San Pablo de la Compañía. Prácticamente todas las iglesias, conventos, monasterios, capillas y hospitales sufrieron destrozos similares.
El arco que estaba a la entrada del Puente de Piedra, coronado por la estatua ecuestre del rey Felipe V (cuya muerte, acaecida el 9 de julio de ese año, se ignoraba todavía en el Perú), se vino al suelo, quedando la escultura desgajada y entorpeciendo el paso. En el Palacio Virreinal no quedó un lugar habitable, y el virrey tuvo que acomodarse en una barraca de tablas y lona; tampoco estaba en mejores condiciones el Santísimo Sacramento, que del Sagrario fue conducido a una ramada improvisada en la Plaza Mayor. El edificio del Tribunal del Santo Oficio quedó igualmente en ruinas.
Desde las primeras horas del día comenzaron a circular voces sobre la destrucción del Callao, por lo que el virrey envió al puerto a algunos soldados de a caballo, a fin de cerciorarse del hecho. Estos trajeron la confirmación del desastre, y en breve toda la ciudad ya lo sabía, pues hasta ella llegaron también algunos sobrevivientes.

El maremoto que borró el Callao
Lo que contaron dichos sobrevivientes fue algo horrendo, con ribetes apocalípticos. Media hora después del terremoto, el mar se había entumecido y elevado a enorme altura, y con horrible estruendo se había precipitado por dos veces sobre la tierra, inundándolo y arrasando todo lo que encontró a su paso. Del antiguo puerto solo quedaron unos cuantos restos de la muralla y el arranque de las paredes de algunos edificios. El marqués de Obando, jefe de la escuadra y general de la Mar del Sur, cuenta que los cuatro mayores navíos que había en el puerto, al soltar las anclas, fueron lanzados por encima del presidio: uno vino a varar dentro de la plaza; otro, cargado de trigo, a escasa distancia del anterior; y los otros dos hacia el sureste, a una distancia equivalente a un tiro de cañón de los baluartes.
El número de quienes perecieron en el puerto se calcula entre cuatro y cinco mil, prácticamente toda la población; solo se salvaron 200 personas. En un lienzo de muralla lograron salvarse un religioso y unas treinta personas más. Otros, en su mayoría pescadores o marineros, aferrados a tablas y maderos que flotaban, fueron arrojados más tarde a las playas o a la isla de San Lorenzo. El mar se retiró, pero no volvió a su límite antiguo: esto significa que hubo una subsidencia cosísmica, es decir, que toda la zona del Callao se hundió después del terremoto.
La destrucción causada por el sismo se extendió varios kilómetros a la redonda. Fueron afectadas Cañete, Chancay y Huaura, hasta 24 leguas al noroeste del Callao, y también sufrieron los valles de Barranca y Pativilca. En Lucanas reventó un volcán de agua caliente que inundó toda la quebrada.
Las intensidades máximas se evaluaron en el llamado norte chico, con XI en Huacho y X en Chancay; en el área de Lima y Callao varió de IX a X; en la zona de Canta y Matucana también se registró intensidad IX; en Cañete, VIII; en Trujillo, VI; en Cerro de Pasco, Canta y Huaraz, VI-VII; en Huamanga y Huancayo, VI; y en Arequipa y Cuzco, V. El sismo fue sentido en Moyobamba, Cajamarca, Chachapoyas, Tumbes, Puno y Tacna.
El reporte oficial mencionó más de 10,000 muertos en Lima, Callao y villas adyacentes. En Lima, las víctimas no debieron pasar de 2,000, con diversidad de datos al respecto, lo que se explica porque no se dio a todos los cadáveres sepultura: muchos quedaron insepultos entre las ruinas y solo con el tiempo fueron descubriéndose paulatinamente. De todos modos, es una cifra elevada considerando la población total, de unos 60,000 habitantes. Otras víctimas inevitables fueron los animales domésticos: se calcula en 3,000 las mulas y caballos que murieron aplastados por los derrumbes.
En el Callao, según el marqués de Obando, la destrucción fue generalizada. Tanto por el calor propio de la estación como por hallarse los cuerpos revueltos con los restos que arrojaba el mar, y no ser fácil enterrarlos en un terreno de cascajo o piedra zahorra que se inundaba con facilidad, la fetidez era intolerable.
En cuanto a las edificaciones, Lima sufrió una destrucción total, salvo 25 casas de las 3,000 que conformaban la ciudad; aunque el historiador Emilio Pérez-Mallaína ha señalado que esta información sobre las edificaciones fue exagerada por varios motivos, sobre todo para reducir el interés de los censos de los inmuebles propiedad de la Iglesia católica.
Réplicas, saqueos y hambre: los días que siguieron
Luego del sismo, la tierra continuó moviéndose, aunque con menor intensidad. Un reporte de José Eusebio de Llano Zapata describe todas las réplicas: los movimientos continuaron en forma intermitente hasta las 5 de la mañana, y muchos remezones se sintieron hasta el Cuzco. Desde el 28 de octubre hasta el 10 de noviembre se produjeron 220 réplicas más, y hasta el 28 de octubre de 1747 se registró un total de 568 temblores.
Tan abatidos se hallaban los ánimos, y tan honda impresión había causado la noticia de la ruina del Callao, que el día 30, al comenzar a esparcirse el rumor de la salida del mar, toda la gente, presa de irresistible pánico, comenzó a huir en bandadas hacia los montes vecinos, sin que nadie fuera capaz de detenerla en su carrera. El virrey, sabiendo que la noticia carecía de fundamento, tuvo que montar a caballo para contener a la multitud y desvanecer la falsa alarma, que con delincuencial intento había comenzado a difundir un jinete. Lo mismo hizo el marqués de Obando, en compañía de un religioso franciscano, y solo después de mucho trajinar por los caminos que salen al campo se logró que volviera un tanto la calma. Ya cerca del anochecer comenzaron a deshacerse las aglomeraciones de gente de toda clase y condición que se habían formado, y empezaron a volver a sus casas con más orden que a la salida.
Debido a la confusión y el desorden que reinaba en todas partes, así como por haber abandonado sus casas los dueños, parte de la población se entregó al robo y al saqueo. Hubo que recurrir a la tropa, y el virrey destinó tres patrullas de soldados, con sus correspondientes cabos, para que rondaran de continuo toda la ciudad y apresaran a los malhechores. En el Callao se hizo más necesaria esta medida por los muchos objetos que iba arrojando el mar a la playa, que despertaban la codicia de bandidos y buscones. Por esta razón se expidió un decreto ordenando al Tribunal del Consulado velar por que no se cometieran robos y recoger cuanto se hallase, a fin de restituirlo a los interesados. Como en toda la extensión de las playas que se suceden desde el Morro Solar hasta La Punta, y también por el lado de Bocanegra, varaban los restos de la ruina, no era fácil evitar la audacia de los merodeadores; pero, a fin de reprimirla, se publicó un bando que amenazaba con pena de muerte a quien cometiera alguna sustracción, y se instalaron dos horcas en la ciudad y otras dos en el Callao, para contenerlos.
Los días que siguieron fueron de angustia, tanto por no cesar de temblar la tierra como por la amenaza del hambre y las epidemias.
Gracias a las acertadas medidas adoptadas por el virrey, se logró abastecer a la población con relativa prontitud, aunque no lo bastante rápido como para evitar que se sintiera la escasez. Dispuso que de las provincias vecinas se remitiera cuanto antes el trigo almacenado, y, convocando a los panaderos, les proporcionó el auxilio necesario tanto para abastecerse de harina como de agua, pues se habían roto los acueductos y cañerías que abastecían a la ciudad. Encomendó a los alcaldes ordinarios, don Francisco Carrillo de Córdoba y don Vicente Lobatón y Azaña, la ejecución de estas medidas y de otras con el mismo fin, como el abastecimiento de carne fresca.
En cuanto a las epidemias, dice Llano Zapata en su Carta o Diario que, hasta mediados de febrero de 1747, habían muerto en la ciudad, víctimas de tabardillo, dolores pleuríticos, disentería y cólicos hepáticos, hasta dos mil personas, un número excesivamente alto para la Lima de entonces.
Durante esos días luctuosos, las rogativas, procesiones de penitencia y públicas manifestaciones de piedad fueron casi constantes, y los predicadores de uno y otro clero llenaban las calles con sus voces de lamento, incitando a todos a la desesperación y al arrepentimiento. A su vez, el virrey encomendó a los hermanos de la cofradía de la caridad la tarea de sepultar los cadáveres y de asistir a los muchos enfermos que los hospitales no bastaban a contener, en ruinas la mayor parte de ellos —en el de Santa Ana, para indios, perecieron 60 de ellos al caer sobre las salas la pesada techumbre—.
El clero limeño atribuyó la desgracia a la ira divina, desencadenada, según explicaban, por una serie de razones: las injusticias que se cometían contra los pobres, las prácticas ilícitas de la codicia y la usura, el pecado de la lujuria, y la vanidad de las mujeres con sus escandalosos vestidos, en especial los escotes demasiado abiertos.
La fe católica no sufrió merma; más bien se incrementó notablemente la devoción al Señor de los Milagros, imagen venerada que solía sacarse en procesión en eventos de ese tipo, una manifestación admirable de fe colectiva que ha persistido a través de los siglos.
Unos seis años después del suceso, el arzobispo Pedro Antonio Barroeta recordaba en Lima la muerte y destrucción causadas por el terremoto. Se refirió al Callao como un emporio del comercio enteramente destruido y arruinado por las furiosas olas, con innumerables cadáveres insepultos y huesos que aún blanqueaban por esos días.
El virrey Manso de Velasco, desde un principio, mostró gran presencia de ánimo y adoptó todas las medidas que pudieran contribuir a atajar el desorden y hacer menos grave la desgracia. En los años siguientes dedicó todos sus esfuerzos a la reedificación de la capital y de su puerto, por lo que se le puede considerar con razón el segundo fundador de Lima. Por todos estos servicios, y por la construcción de la fortaleza del Callao, que levantó en el terreno que ocuparon las olas en el desborde del mar, recibió del rey Fernando VI, con fecha 8 de febrero de 1748, el título de conde, con la expresiva denominación de Superunda, «sobre las olas».
Tuvieron que reconstruirse la mayoría de templos y conventos; la Catedral de Lima recién comenzó su reconstrucción en 1752, sobre todo por la falta de voluntad del entonces arzobispo de Lima, Pedro Antonio Barroeta y Ángel.
Las relaciones que del terremoto se publicaron en español fueron traducidas al inglés, italiano y portugués, y circularon abundantemente, pues se hicieron varias ediciones. Algunos años después, el suceso sería evocado nuevamente con motivo de otra catástrofe de gran repercusión: el terremoto de Lisboa de 1755.

Brady, el científico «crucificado» por predecir un sismo en 1981
En este contexto, es cierto que, en términos generales, la gente recién se preocupa y se asusta por los diversos sismos que ocurren en estos tiempos en Venezuela, Colombia y hasta en Junín. El IGP, con su presidente Tavera, señala que sí, que tenemos a la placa de Nazca con un enorme silencio sísmico que data del terremoto y tsunami de 1746. Y, asimismo, hace años, Brian Brady, un profesional de excelente prestigio en los EE. UU., publicó cuatro notas sobre teorías sísmicas en la revista «Pure and Applied Geophysics».
Su primera publicación mostraba, con mucho detalle y rigor físico, lo que ocurría en un proceso de fracturamiento de rocas en muestras de laboratorio. Hizo una descripción muy clara del proceso y luego lo cuantificó, generando un esquema matemático interesante.
En la segunda publicación mostró una analogía entre los efectos que ocurrían antes del colapso de esas muestras y los efectos premonitorios que se observaban antes de la ocurrencia de los sismos; en otras palabras, trataba de mostrar que el proceso, en el fondo, era similar.
En la tercera, aplicó la teoría a la escala de los sismos y mostró ecuaciones que consideraban el posible tamaño del fracturamiento. En la cuarta publicación, aplicó su teoría a un caso específico y predijo la ocurrencia de un sismo para el Perú en octubre de 1981, indicando la fecha, el tamaño del sismo y el lugar de ocurrencia: tres sismos, con grados diferentes y lapsos muy cortos.
Brady visitó el Perú y llegó al IGP para revisar la información que se estaba determinando. Al observarla, indicó que era muy difícil establecer si las condiciones que él había planteado se estaban cumpliendo, pues no había precisión en los cálculos de los sismos que se tenían, y existía también una gran incertidumbre en la magnitud. «Tres terremotos que comenzarán aproximadamente el 28 de junio y culminarán hacia el 9 de setiembre remecerán el subsuelo marino a unos 50 kilómetros al oeste del Perú», dijo Brady.
Desgraciadamente, los científicos locales —es decir, el staff que tenía el IGP— no se pronunciaron al respecto.
Cuando la noticia se filtró a la prensa, se inició toda una cadena de despropósitos que rayaron en lo más absurdo. Quienes opinaban en la televisión y la prensa escrita eran adivinos, brujos y sacerdotes, sin conocer nada de lo que estaba ocurriendo. Lo primero que hicieron fue crucificar a Brady, generando un paradigma que hasta la fecha se mantiene, y que lo presenta como un charlatán.
Pero el tema prendió, hizo estragos y generó miedos que alteraron la vida en la capital. Finalmente, el sismo no ocurrió, y, como siempre, toda esta experiencia quedó en el olvido, volviéndose a cero en el aprendizaje de lo que debió significar esta predicción.
La subducción, el «estorbo» acumulado y las lecciones de Haití
Quedó claro que, frente a la costa del Perú, en el fondo del mar, hay un macizo rocoso llamado placa de Nazca, que no está inmóvil, sino que se mueve hacia el continente desde hace miles de años, unos pocos milímetros por año.
Pero como no puede chocar frontalmente con el continente, se desliza por debajo: eso se llama subducción. Es un proceso indetenible y progresivo. Cada vez que la placa de Nazca se mueve milímetros por debajo del continente, se produce un temblor. Cuando ese «estorbo» ya no aguante más, se «soltará» y avanzará por debajo del continente, pero ya no en milímetros, sino en centímetros; entonces ya no se producirá un temblor, sino un terremotazo.
Y, como ya hemos advertido, ese estorbo se ha estado «aguantando» por años: para unos, desde 1940, cuando hubo un gran terremoto en Lima; para otros, desde 1746. Hay advertencias del IGP, a través de su presidente Tavera, de un silencio sísmico a punto de romperse.
Un experto, el ingeniero Raúl Delgado, señaló hace ya algunos años: «Los acantilados de la Costa Verde constituyen la zona de mayor riesgo ante un posible megasismo en la capital, por lo que se ha planteado la construcción de andenería en los acantilados, así como ‘muros pantalla’ para evitar deslizamientos. Se necesita reforzar los acantilados, con un muro previsto para la contención tanto del acantilado como parachoques, para la masa de agua que lo golpearía en caso de un tsunami». El pronóstico es de casi 9 grados, y la escala de medición es semilogarítmica, en la que pasar de un grado a otro equivale a 32 veces la energía anterior. En 2010 se rompió, luego de 250 años, el silencio sísmico en Haití, el 12 de enero, con un saldo de 222,570 muertos, un millón y medio de damnificados y pérdidas de US$ 8,000 millones.
El sismo del 28 de octubre de 1746, posterior al de 1687, fue de 9 Mw y duró 3 minutos, con maremoto incluido. Solo 200 de los 5,000 habitantes del Callao sobrevivieron. En 2010, una recreación en 3D de la empresa Arvo Corporation, hecha con drones de gran potencia, mostró el impacto de un maremoto similar al de 1746 en el Callao.
En 2015, las simulaciones del Centro Peruano-Japonés de Investigaciones Sísmicas y Mitigación de Desastres (Cismid), entidad de la UNI, indicaron que un sismo de 8.5 provocaría 15 metros de profundidad de inundación en La Punta.
Se dieron consejos de usar edificios que albergaran al menos al 50% de la población punteña, algo más complicado si el sismo ocurriera en temporada de verano, cuando el balneario recibe unos 30 mil visitantes. La propuesta de aquel 2015 incluyó la recomendación de un refugio para 10,000 personas, con estructura de columnas y una elevación de 14 metros, ubicado en un terreno de 30,000 m² que se señaló se cedería en la playa Carpayo. El silencio en torno a este proyecto se resume en el absurdo de aquel dicho: «Después de robado, hay que poner los candados».
Un país que no aprende: de Ica 2007 a la falta de prevención de hoy
El suscrito ha escrito varias notas que se explican por sí solas; la última, relacionada con los informales que construyen viviendas sin asistencia técnica y usan ladrillos pandereta, lo cual es un absurdo en zonas sísmicas, pues no resisten movimientos fuertes y las paredes se desploman.
Hay mucho más, como la rotura del silencio sísmico luego de 250 años en Haití, que fue terrible en 2010. Por ello, les dejo varios enlaces con notas que escribí sobre este tema y que vale la pena sopesar, sobre lo que se viene, tarde o temprano, y sobre cómo las mochilas de emergencia para 72 horas o los simulacros pueden resultar realmente insuficientes frente a la probable magnitud del daño colosal del sismo en sí y del tsunami pronosticado.
Y, más que nada, a pesar de los estragos que causaría un sismo en Lima-Callao con su rotura sísmica, las calamidades del día siguiente serán atroces, pues la prevención en Lima y en el país en general no existe, y los simulacros son bastante deficientes. Lo de tener insumos de emergencia suena casi a broma, y basta ver lo que han hecho los diferentes gobiernos frente al fenómeno de El Niño —y lo que hoy se amenaza, sin que se haya hecho nada— para entenderlo. Peor aún, los resultados de lo ocurrido tras el terremoto de Ica en 2007: pasaron los años y aquello fue un verdadero desastre, una vergüenza.
Aquí algunos enlaces:
- https://larazon.pe/por-dennis-falvy-la-rotura-del-silencio-sismico/
- https://www.exitosanoticias.pe/columnistas/opinion-dennis-falvy-la-siniestralidad-sismica-multivariable-n54751
- https://larazon.pe/por-dennis-falvy-son-ya-como-280-anos-de-silencio-sismico/
- https://www.puntodeencuentro.pe/columna.html?id=6768
- https://www.exitosanoticias.pe/columnistas/opinion-dennis-falvy-no-hay-prevision-alguna-19925
- https://www.exitosanoticias.pe/columnistas/opinion-dennis-falvy-con-sismo-grado-85-todos-moriran-n65862/