La Inteligencia Artificial (IA) se ha convertido en una de las tecnologías más influyentes de nuestro tiempo. Sin embargo, a diferencia de otras innovaciones tecnológicas que fueron recibidas con entusiasmo, hoy enfrenta una creciente ola de rechazo, desconfianza y temor.
El economista y premio Nobel Paul Krugman sostiene que este fenómeno responde a una combinación de factores: miedo al desempleo, imposición tecnológica, rechazo a los centros de datos y desconfianza hacia la denominada “oligarquía tecnológica” que impulsa esta revolución.
Krugman recuerda que recientemente Eric Schmidt, exdirector ejecutivo de Google, fue abucheado durante un discurso de graduación al hablar sobre el futuro de la IA. Lejos de tratarse de un hecho aislado, considera que refleja un sentimiento cada vez más extendido.
Una encuesta reciente del Pew Research Center muestra que la mayoría de los estadounidenses cree que la IA tendrá efectos negativos para la sociedad y, en menor medida, para sus propias vidas.

Del entusiasmo al escepticismo
¿No ocurre esto con toda innovación tecnológica?
Krugman responde que no necesariamente. De acuerdo con encuestas históricas de Pew, los estadounidenses recibieron con entusiasmo la expansión de internet y las nuevas tecnologías de información.
En 1999, cuando internet aún era una novedad, predominaban ampliamente las opiniones positivas sobre la tecnología. Más adelante, en 2015, el 71% de los encuestados consideraba que las empresas tecnológicas tenían un impacto positivo en el país, mientras apenas un 17% mantenía una opinión negativa.
En otras palabras, la relación entre la sociedad y la tecnología era ampliamente favorable.
El miedo al desempleo masivo
Para Krugman, una de las principales razones del rechazo actual proviene de los mensajes difundidos por los propios líderes de la industria.
Recuerda que el CEO de Anthropic, Darius Amodei, llegó a afirmar que la IA podría eliminar hasta la mitad de los empleos administrativos de nivel inicial y elevar el desempleo al 20% en apenas unos años.
Posteriormente, tanto Amodei como Sam Altman, de OpenAI, intentaron moderar estas advertencias. Sin embargo, Krugman considera que esas predicciones apocalípticas respondían a una estrategia destinada a atraer inversionistas y convencer a las empresas de adoptar rápidamente la tecnología por temor a quedarse atrás.
El problema es que esos mismos mensajes generaron una profunda preocupación pública sobre el futuro del trabajo.
Incluso Satya Nadella, CEO de Microsoft, ha advertido sobre las contradicciones de promover simultáneamente escenarios de desaparición masiva de empleos mientras se construyen gigantescas infraestructuras tecnológicas.

Una tecnología impuesta
Otra razón importante del rechazo es que muchas personas sienten que la IA les está siendo impuesta.
Aunque millones de usuarios recurren voluntariamente a herramientas de inteligencia artificial, gran parte de su adopción ocurre por decisión de las empresas y no de los trabajadores o consumidores.
Numerosas compañías están incorporando IA en procesos internos debido a la presión de los mercados financieros, que premian cualquier iniciativa relacionada con esta tecnología, independientemente de sus resultados concretos.
Los consumidores también perciben una pérdida de capacidad de elección. Google, por ejemplo, ha incorporado respuestas generadas por IA en sus búsquedas sin ofrecer alternativas simples para quienes prefieren los resultados tradicionales.
Según Krugman, muchas personas sienten que ya no pueden decidir libremente si utilizan o no inteligencia artificial.
El impacto visible de los centros de datos
La expansión de la IA también tiene costos físicos y ambientales que cada vez resultan más visibles.
Los centros de datos requieren enormes extensiones de terreno, consumen grandes cantidades de electricidad y agua, y en algunos casos generan contaminación local.
Krugman cita el caso de un proyecto en Utah cuya extensión sería el doble del tamaño de Manhattan.
No sorprende entonces que exista una creciente oposición ciudadana. Una encuesta de Reuters-Ipsos señala que el 57% de los estadounidenses rechazaría la construcción de un centro de datos cerca de su comunidad, mientras solo un 14% la apoyaría.

La desconfianza hacia las grandes tecnológicas
La llegada de la IA coincide además con un deterioro de la imagen pública de las empresas tecnológicas.
Según Pew, la percepción positiva que predominaba en 2015 se había reducido drásticamente para 2022, precisamente el año en que apareció ChatGPT.
Entre las razones destacan la creciente preocupación por los efectos psicológicos y sociales de las redes sociales, así como la percepción de que las grandes plataformas concentran demasiado poder e influencia.
La IA ha heredado buena parte de esa desconfianza.
La nueva concentración del poder
Krugman sostiene además que la IA está estrechamente asociada con los grandes magnates tecnológicos que lideran su desarrollo.
Existe una creciente preocupación pública por la concentración de riqueza y poder en un reducido grupo de empresarios y corporaciones.
Para muchos ciudadanos, la inteligencia artificial no solo aumentará la productividad, sino que también podría profundizar las desigualdades económicas y fortalecer aún más la posición dominante de las élites tecnológicas.
Por ello, la IA es percibida como una herramienta que podría concentrar aún más riqueza y poder en la cima de la pirámide social.

Una reacción con consecuencias políticas
Según Krugman, todas estas razones se refuerzan mutuamente y explican la intensidad del rechazo actual.
La reacción ya está generando consecuencias políticas. Aunque la industria tecnológica ha destinado importantes recursos para respaldar candidatos favorables a la IA y enfrentar a sus críticos, muchos de esos esfuerzos no han tenido el éxito esperado.
Incluso, en algunos sectores, recibir financiamiento o mostrar cercanía con la industria de la IA comienza a percibirse como un riesgo político.
Krugman considera que existe cierta ironía en esta situación: las propias empresas tecnológicas promovieron una narrativa de transformación radical para atraer inversiones y generar expectativas, pero terminaron alimentando los temores que hoy enfrentan.
Mientras tanto, las inversiones continúan creciendo a niveles sin precedentes. Un ejemplo es SpaceX, cuya reciente salida al mercado recaudó alrededor de US$ 75.000 millones, alcanzando una valorización superior al billón de dólares y convirtiendo momentáneamente a Elon Musk en la persona más rica de la historia.
Sin embargo, Krugman advierte que detrás de este entusiasmo financiero podrían existir riesgos similares a los observados en otras burbujas especulativas, llegando incluso a mencionar la posibilidad de un eventual “efecto Ponzi”.
El debate está abierto. La IA avanza a velocidad vertiginosa, mientras crecen las preguntas sobre sus beneficios, sus riesgos y el impacto que tendrá en el empleo, la economía, la democracia y la vida cotidiana. Como concluye Krugman, la opinión pública sigue importando, incluso en una era dominada por el poder tecnológico y financiero.