A decir de Martin Wolf, uno de los más influyentes analistas del Financial Times, Estados Unidos fue el gran vencedor del siglo XX. Y aunque el columnista británico tiene su propio estilo y sesgos, resulta fascinante adentrarse en sus reflexiones, profundas y cargadas de sentido histórico sobre el mundo que vivimos y el que viene.
Con el colapso de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos no solo poseía un poder político y económico sin rival, sino que también encarnaba valores admirados en todo el planeta: el gobierno constitucional, la libertad individual y la democracia liberal. La Guerra Fría había terminado y parecía que el modelo estadounidense se impondría definitivamente. Pero aquello no duró.
Del Imperio Británico al poder estadounidense
Wolf retrocede hasta el siglo XIX para explicar el presente. A mediados de ese siglo, el Reino Unido, dueño de un vasto imperio y de la revolución del vapor, gobernaba buena parte del planeta.
Sin embargo, en los años previos a 1914 se produjo la llamada «segunda revolución industrial», liderada por Estados Unidos. Surgieron avances en la industria química, la electricidad, la telefonía, los productos farmacéuticos, el motor de combustión interna, la aviación y la radio.
El mundo comenzó a cambiar. El ascenso de la Alemania imperial y el auge de Japón alteraron el equilibrio de poder, pero el gran ganador de aquella transformación fue Estados Unidos, que para 1914 ya se había convertido en la mayor economía del planeta. La verdadera cuestión geopolítica no era quién dominaría Europa, sino el ascenso de Estados Unidos como la futura potencia hegemónica.
El nacimiento del orden mundial
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como el gran árbitro de Europa. Sin embargo, los trastornos políticos internos, las crisis económicas de los años veinte y la Gran Depresión terminaron desembocando en la Segunda Guerra Mundial.
Posteriormente, impulsado en gran medida por su competencia con el comunismo soviético, Estados Unidos mantuvo su protagonismo global.
Así comenzó la Guerra Fría. Europa quedó dividida, la parte occidental dependió de Washington, los imperios coloniales desaparecieron y surgió un consenso socialdemócrata basado en el capitalismo gestionado.
En 1991, la Unión Soviética colapsó y Estados Unidos proclamó su triunfo sobre el fascismo, el comunismo y todos sus rivales geopolíticos: Alemania, Japón, el Imperio Británico y la propia URSS. Era el llamado «momento unipolar».

El ascenso de China y la crisis del liderazgo
Pero en menos de 35 años, el papel de Estados Unidos como hegemón estabilizador comenzó a deteriorarse, tal como ocurrió con el Reino Unido a inicios del siglo XX.
Uno de los grandes cambios fue el ascenso de China. Tras el proceso de reforma y apertura impulsado por Deng Xiaoping, surgió un nuevo superpoder capaz de competir con Washington.
Al mismo tiempo, la revolución digital transformó la economía global y dio paso a una nueva etapa de globalización impulsada por las tecnologías de la información y las comunicaciones.
A ello se sumaron las crisis financieras, las migraciones masivas y profundas transformaciones sociales y políticas. Para Wolf, hoy, en vísperas de su 250 aniversario, Estados Unidos y el orden mundial que construyó atraviesan una profunda crisis.
Trump y el debilitamiento del poder estadounidense
El analista considera que la actual administración estadounidense es corrupta, incompetente y, sobre todo, hostil a las normas y valores que inspiraron a los padres fundadores del país.
Uno de los principales responsables, según Wolf, es Donald Trump, a quien acusa de estar «cortando los tendones» del poder estadounidense al erosionar la confianza en la estabilidad económica y política de Estados Unidos.
Un gobierno basado en los caprichos estaría sustituyendo a uno basado en las leyes.
De acuerdo con el instituto V-Dem, la democracia se encuentra en retroceso y apenas el 7 % de la población mundial vive actualmente en democracias liberales.
Xi Jinping, afirma Wolf, puede sonreír ante este escenario, porque el mundo de hoy comienza a parecerse peligrosamente al de los años previos a 1914.

Los desafíos del nuevo siglo
Existen, sin embargo, algunas buenas noticias. Las armas nucleares han reducido significativamente el riesgo de una guerra directa entre las grandes potencias. Además, ninguna de ellas presenta hoy el militarismo extremo que caracterizó las primeras décadas del siglo XX.
El crecimiento económico sin precedentes posterior a la Segunda Guerra Mundial también ha generado una demanda global de mayor prosperidad. Pero el mundo enfrenta desafíos que solo pueden resolverse de manera conjunta. Uno de ellos es la crisis ambiental. Otro es el impacto de las tecnologías revolucionarias, especialmente la inteligencia artificial, cuyo desarrollo exige una regulación urgente y consensuada.
Y también está la gran pregunta de nuestro tiempo: ¿prevalecerán la libertad y la democracia o el despotismo arbitrario terminará imponiéndose como norma global?
Martin Wolf advierte que el mundo que se esperaba tras la caída de la Unión Soviética —el mundo que, en gran medida, creó Estados Unidos— se está desvaneciendo. Aprendemos de la historia, dice el analista. Pero, por desgracia, también la olvidamos. La gran interrogante es si todavía existe la posibilidad de corregir el rumbo o si, por el contrario, nos encaminamos irremediablemente hacia un escenario en el que cada vez serán más los que pierdan y menos los que ganen.