Hay gobiernos que se desgastan con los años. El de Keiko Fujimori se está desgastando con los meses, y las encuestadoras Ipsos y Datum Internacional (que son afines al gobierno), acaban de ponerle número exacto al fenómeno: entre agosto y setiembre, la presidenta perdió entre 15 y 18 puntos de aprobación. En términos llanos, perdió en cuatro semanas casi una quinta parte del respaldo con el que llegó a Palacio.
No es un dato menor, y tampoco es casualidad que ambas mediciones —hechas con metodologías distintas— coincidan en lo sustancial: Datum midió una caída de 60% a 42% de aprobación; Ipsos, de 57% a 42%. El punto de llegada es el mismo. Por primera vez desde que juró el cargo, más peruanos desaprueban la gestión de Fujimori de los que la aprueban. La desaprobación, según Datum, ya la supera por dos puntos; según Ipsos, por seis.

Conviene preguntarse por qué. Y aquí la propia encuesta de Datum da una pista incómoda para el oficialismo: el respaldo al pedido de facultades legislativas del Ejecutivo cayó de 67% a 54% en el mismo mes, mientras que el rechazo subió de 24% a 36%. No es que los peruanos hayan descubierto de pronto virtudes en la fiscalización parlamentaria. Es que empiezan a sospechar, con razón, que «facultades» es a veces la palabra elegante para «que no me pregunten nada». Ocho de las doce comisiones de la Cámara de Diputados que evaluaron el pedido votaron en contra. Ese no es un dato de un puñado de opositores resentidos: es casi toda la oposición y una parte del oficialismo diciendo, en simultáneo, que no confía en el cheque en blanco.
También los ministros
El desplome no se queda en Palacio. El primer ministro Luis Galarreta tiene, según Datum, 49% de desaprobación frente a apenas 31% de aprobación. El ministro de Economía, Elmer Cuba, no está mucho mejor: 43% contra 31%. El propio Congreso Bicameral —esa novedad institucional que se estrenó con tanta pompa— ya carga con desaprobaciones de 45% (Diputados) y 47% (Senado). Es, literalmente, un gobierno y un parlamento que empiezan a hundirse juntos, cada uno arrastrando al otro.
Hay un dato revelador en la encuesta: entre los jóvenes de 18 a 24 años, uno de los grupos que más entusiasmo mostró por la candidatura de Fujimori, la aprobación cayó de 71% a 50% en un solo mes. Veintiún puntos. Cuando un gobierno empieza a perder a los que menos memoria histórica tienen del fujimorismo de los noventa, es porque el problema ya no es de relato ni de comunicación: es de gestión, y se nota.

Podría ser tendencia
También hay una lectura territorial que conviene no pasar por alto. En el sur del país, donde Fujimori ya arrancaba con menos respaldo electoral, Ipsos mide hoy 73% de desaprobación y apenas 21% de aprobación. Es la región más golpeada por la desconfianza, y no por casualidad: es también la que menos beneficios tangibles ha visto en estos dos meses de gobierno.
Las encuestas no definen un gobierno. Los números suben y bajan, y todavía queda mucho mandato por delante. Pero cuando dos encuestadoras que compiten por el mismo mercado llegan al mismo veredicto en el mismo mes, conviene dejar de hablar de «ruido estadístico» y empezar a hablar de lo que realmente es: una señal de alarma. La pregunta que le queda al Ejecutivo no es si la caída es real —ya quedó demostrado que sí—, sino si tiene con qué revertirla antes de que setiembre deje de ser una mala noticia puntual y se convierta en una tendencia.