El oro es el activo de reserva definitivo para los bancos centrales del mundo, debido a su nulo riesgo político, su incapacidad de ser impreso a voluntad y su estabilidad histórica como refugio seguro de valor. Tras una oleada histórica de compras en los últimos años, el metal precioso ha desplazado a los bonos del Tesoro estadounidense como el principal activo de reserva a nivel global. Aquí en el Perú tenemos la desgracia de Julio Velarde, absurdamente vitoreado como el mejor banquero central del mundo (lo que es 100% falso), y que tozudamente no compra oro desde hace 20 años, ni comprará en los próximos 5 años que el actual gobierno peruano quiere que el Congreso le dé el visto bueno para continuar en el Banco Central peruano, con singular fama.
Actualmente, las tenencias del metal precioso representan aproximadamente el 30% de las reservas totales de los bancos centrales. Esto se debe a razones estratégicas cruciales en la economía global.
¿Por qué debe estar disponible como reserva estratégica?
- Autonomía absoluta: no depende de las decisiones fiscales de ningún emisor o gobierno extranjero, a diferencia de los bonos o las divisas fiduciarias.
- Protección inflacionaria: su escasez natural evita que pierda poder adquisitivo frente a la impresión masiva de dinero fiat.
- Escudo geopolítico: ofrece una máxima liquidez financiera internacional para responder a crisis extremas, sanciones o desastres.
- Estabilidad en crisis: ante tensiones de mercado y deudas públicas descontroladas, el oro reacciona al alza. De hecho, los precios globales del metal cotizan en niveles récord, impulsados por esta constante acumulación institucional.
Pero hay, según la visión de la IA a la que consulto, un dilema del almacenamiento físico.

El dilema del almacenamiento físico
Y es que para garantizar que el oro esté «disponible» de forma segura, los gobiernos se enfrentan a un desafío estratégico:
- Custodia internacional: países guardan oro en bóvedas de alta seguridad extranjeras, como las del Banco de Inglaterra o la Reserva Federal, para facilitar transacciones de divisas rápidas.
- Riesgo de bloqueo: almacenar metal fuera de las fronteras nacionales expone al país a bloqueos políticos o disputas judiciales, un peligro latente en el escenario geopolítico contemporáneo.
Por ello, la tendencia actual de los mercados emergentes no es solo comprar más oro, sino también repatriar sus reservas físicas para asegurar la disponibilidad inmediata bajo su propia soberanía.
Como se ve, el tema es fascinante y Perú no tiene la más mínima idea de todo esto, pese a que sufre de manera tremenda una minería ilegal que parece no tener una estrategia por parte del país para su extinción o control, y que el BCRP de Velarde no ha querido colaborar en adquirir el oro para, al menos, reforzar sus reservas. Es decir, el señor hace lo que quiere, en base a un prestigio que, a mi juicio, está sobrevalorado.
El caso venezolano: cuando el oro queda atrapado
Por ello, en una excelente nota de Gabriel González Zorrilla para América Latina Noticias —y me parece razonable— afirma que para que el oro sirva como reserva no basta con acumularlo. Lo más importante es tenerlo disponible cuando haga falta.
Nos señala que treinta y una toneladas de oro venezolano descansan desde hace casi ocho años en las bóvedas del Banco de Inglaterra. Ahora, Gobierno y sectores de la oposición venezolana coinciden en reclamarlas para financiar la reconstrucción tras los devastadores terremotos del 24 de junio de 2026. El metal está valorado actualmente en unos 4.000 millones de dólares.
El caso ilustra de forma excepcional qué significa para un Estado disponer —o no— de sus reservas. El oro no sirve únicamente como protección frente a una crisis: puede venderse para conseguir divisas, utilizarse como garantía y, a diferencia de bonos o depósitos, no representa una deuda de otro país. Pero Venezuela muestra también un riesgo: cuando se almacena en el extranjero, el acceso puede quedar condicionado por decisiones políticas o judiciales.
Todo esto, que es importante, me parece que le importa un pepino a Velarde, quien no ha comprado una sola onza de oro desde que asumió la presidencia del BCRP. Por cumplir tan solo unos objetivos que están bien, pero que no eran nada del otro mundo, se ha convertido, a mi juicio erróneamente, en alguien reclamado como excelente en la banca central, aunque hay mentirosos que han señalado que es el mejor banquero del mundo, lo que es una patochada, una mentira enorme de gente despiadada a la que le gusta engañar a los ciudadanos de a pie, que nada saben de política monetaria y menos de presidentes de bancos centrales realmente capaces, con grados y títulos que Velarde no exhibe, increíblemente. Ni título profesional ni PhD, posiblemente por flojo, o él sabrá por qué.

Pero…
¿Para qué quiere oro un banco central?
Los bancos centrales mantienen reservas para poder hacer frente a pagos externos, intervenir en los mercados o disponer de activos líquidos en situaciones de crisis. El oro combina varias características apreciadas para esa función: es un activo reconocido mundialmente, tiene un mercado muy líquido y puede diversificar una cartera compuesta principalmente por monedas y bonos.
«El oro es una reserva de valor y una cobertura frente a la inflación y el riesgo geopolítico», explica a DW Gian Maria Milesi-Ferretti, investigador sénior del centro Brookings y exsubdirector del Departamento de Investigación del Fondo Monetario Internacional (FMI). «Su valor tiende a aumentar en tiempos de crisis».
Pero no todos los bancos centrales necesitan la misma cantidad. El oro no produce intereses y su precio fluctúa considerablemente. Milesi-Ferretti subraya además que una subida del valor de las reservas no significa necesariamente que un país haya comprado más metal: el fuerte encarecimiento del oro ha elevado automáticamente su peso en las carteras. México, por ejemplo, realizó una gran compra en 2011 y desde 2012 mantiene prácticamente constante su volumen.
Según el World Gold Council (WGC), Brasil figura actualmente a la cabeza de América Latina con unas 172 toneladas. Le siguen Venezuela, con 161 toneladas en su último dato oficial disponible; México, con unas 120; Argentina, con cerca de 62; Perú, con 35, y Ecuador, con unas 26. Bolivia ronda las 23 toneladas y Guatemala las 16. Más atrás aparecen Chile y Paraguay, con alrededor de ocho toneladas cada uno, y Colombia, con menos de cinco. Los datos del WGC se basan principalmente en las estadísticas del FMI y de los propios bancos centrales.
Las diferencias regionales no responden a una regla sencilla. «No creo que haya una explicación obvia», señala Milesi-Ferretti. «En parte, la diferencia es simplemente un legado», es decir, algunos países ya disponían de reservas históricas y otros comenzaron a acumularlas en determinados momentos. Brasil, por ejemplo, incrementó sus compras después de la pandemia. La inflación y las expectativas de una subida del precio pudieron contribuir a esa decisión.
La distancia respecto de los grandes tenedores mundiales es enorme. Estados Unidos conserva más de 8.000 toneladas. Alemania, Italia y Francia mantienen asimismo vastas reservas históricas. China posee unas 2.330 toneladas y Rusia, alrededor de 2.290. Milesi-Ferretti recuerda que las economías avanzadas siguen dominando la clasificación porque acumularon grandes cantidades durante la época en que el oro desempeñaba un papel central en el sistema monetario internacional.
La dinámica de las últimas décadas, sin embargo, es diferente. «Desde 2000, prácticamente todas las compras han procedido de mercados emergentes», explica el economista. «Claramente existe una tendencia de los bancos centrales a comprar más oro, pero está concentrada en las economías emergentes».
Esa tendencia se ha acelerado. Los bancos centrales compraron en promedio unas 1.000 toneladas anuales durante los últimos cuatro años, frente a unas 500 toneladas anuales durante la década anterior, según el WGC. Tras un primer trimestre débil en 2026, las compras netas mundiales alcanzaron 289 toneladas en el segundo trimestre.
Polonia encabeza las compras declaradas de 2026 con 82 toneladas hasta junio, seguida de Uzbekistán, con 41; China, con 40, y Kazajistán, con 27. Turquía y Rusia, por el contrario, han vendido parte de sus existencias este año.

América Latina empieza a participar en este movimiento. En 2026, Chile ha incorporado unas ocho toneladas; Guatemala, dos, y Bolivia y Uruguay, alrededor de una tonelada cada uno. El WGC considera todavía prematuro hablar de una tendencia regional.
Brasil había aumentado sus tenencias con fuerza anteriormente. Para Milesi-Ferretti, no existe una única explicación para las compras mundiales: «La incertidumbre geopolítica claramente desempeña un papel. También la diversificación frente al dólar y otras monedas de reserva y, ciertamente, la preocupación por las sanciones». Pero advierte que las motivaciones varían considerablemente de un país a otro.
La encuesta de 2026 del WGC apunta en la misma dirección: el 89% de los gestores de reservas consultados espera que las tenencias mundiales de oro de los bancos centrales aumenten durante los próximos doce meses, y un 45% prevé incrementarlas en su propia institución. Entre los principales motivos aparecen el comportamiento del oro durante las crisis, su capacidad para conservar valor a largo plazo y la diversificación de las reservas.
¿Por qué guardar el oro en Londres?
Tener oro no significa necesariamente tener los lingotes en casa. Londres ha sido durante décadas uno de los principales centros de custodia. El Banco de Inglaterra almacena unas 400.000 barras para el Gobierno británico, otros Estados, bancos centrales e instituciones financieras.
La razón es fundamentalmente práctica. «La cuestión de la ubicación tiene que ver con la facilidad para negociar el oro», explica Milesi-Ferretti. Si un banco central necesita vender rápidamente, «es más conveniente tenerlo en un gran centro financiero como Londres o Nueva York». El Banco de Inglaterra permite además transferir la propiedad de barras concretas entre clientes sin necesidad de moverlas físicamente dentro de las bóvedas.
Pero la guerra de Ucrania, las sanciones internacionales y casos como el venezolano han puesto el foco sobre el reverso de esa ventaja. Milesi-Ferretti señala que existe evidencia de países que están repatriando parte de sus reservas por «la preocupación de que puedan ser congeladas o incautadas». Los datos disponibles son incompletos, advierte, pero los volúmenes mantenidos en los grandes centros internacionales han disminuido.

Venezuela resume así las dos caras de una reserva de oro: 31 toneladas situadas en uno de los mercados más líquidos del mundo y, al mismo tiempo, fuera del alcance de su propietario durante años. La utilidad del oro como reserva depende no solo de cuánto se posee, sino también de la posibilidad de disponer de él cuando se necesita.
Como ven, el oro es una estrella, y no solo para inversores y bancos centrales. Pero aquí en Perú, insisto, el mal llamado «banquero más OK del mundo», Velarde, está sin duda fuera de foco, y no solo por más de 20 años, sino porque el tozudo, de más de 76 años, absurdamente logra que le prolonguen 5 años más su estadía en el Banco Central peruano, con deficiencias en el uso del FEF y en avalar a unas AFP sin competencia —eso sí está «OK»—, así como tasas de informales inexistentes de entre 800% y 10.000% anuales, absurdas, y tasas negativas de 4 bancos oligopolizados que hacen lo que les da la gana y ganan plata como cancha con spreads inmensos —todo eso sí está «ok»—.
Y la última promoción de Velarde es que, como Perú tiene un superávit comercial enorme, eso se debe a él y no a la enorme subida del cobre y otros metales, lo que es sin duda una patraña si, además, uno analiza en realidad temas como que este señor se asustó en 2013 con el tapering de la Fed y dilapidó cerca de US$12.000 millones de las reservas del BCRP absurdamente, lo que al año siguiente impulsó a Renzo Rossini —el hombre que sí manejó el BCRP como su CEO— a introducir, en 2014, los swaps cambiarios. Desafortunadamente, el covid-19 se lo llevó.
Mucho del personal y relacionados al BCRP, y es casi un consenso, sí reconocen la excelencia de este funcionario que sirvió a su «casa» por 39 años, y la pandemia se lo llevó. Aún no hay un reemplazo eficiente en el Central, lo que es una pena.