Mientras muchas lenguas indígenas desaparecen silenciosamente, en la comunidad nativa de Chachibai, en la región Ucayali, una maestra ha decidido enfrentar el olvido con libros, historias y palabras heredadas de sus abuelos. Su nombre es Gesica Pérez Rodríguez, tiene 34 años y ha convertido el aula en el último refugio de la lengua iskonawa.
Actualmente, el iskonawa es hablado por apenas 22 personas entre adultos, jóvenes y niños, lo que la convierte en una de las lenguas originarias más amenazadas del país.
Una lengua al borde de la extinción
El iskonawa pertenece a la familia lingüística pano y se conserva en algunas comunidades de las cuencas de los ríos Callería, Utiquinia, Shesha y Abujao, en Ucayali. En 2018, el Ministerio de Educación oficializó su alfabeto, integrado por 18 grafías, un paso clave para evitar su desaparición.
Sin embargo, para Gesica la verdadera supervivencia de una lengua no depende solo de los libros o las normas, sino de que las nuevas generaciones la hablen y la hagan parte de su vida diaria.

El regreso a sus raíces
Hija de padres iskonawas, la docente aprendió la lengua desde niña en la comunidad de Chachibai. Su vocación por la enseñanza nació al observar a una profesora contar historias en el aula, experiencia que despertó en ella el sueño de convertirse algún día en maestra.
Cuando se oficializó el alfabeto iskonawa, decidió estudiar Educación Primaria Intercultural Bilingüe en la Universidad Intercultural de la Amazonía (UNIA), convencida de que la educación era el camino para rescatar la lengua y la cultura de sus ancestros.
En 2025, regresó a su comunidad para enseñar en la Institución Educativa N.° 65224, una escuela dedicada a la revitalización cultural y lingüística del pueblo iskonawa.

Enseñar para que una cultura sobreviva
Cada día, Gesica trabaja con un pequeño grupo de alumnos utilizando cartillas, relatos y materiales educativos escritos en iskonawa. Más que enseñar palabras, busca sembrar en los niños el orgullo por su identidad y por la herencia que recibieron de sus abuelos.
«La revitalización de una lengua requiere que se practique en la escuela, en la casa, en la chacra y en todos los espacios de la comunidad», sostiene la maestra.
En vísperas del Día del Maestro, la historia de Gesica Pérez recuerda que educar también puede ser un acto de resistencia y amor por la cultura. En un rincón de la Amazonía peruana, una docente y un puñado de niños luchan para que una lengua milenaria no se apague para siempre.