Hay decisiones que avergüenzan a un país. Y esta puede convertirse en una de ellas. Resulta difícil comprender cómo el mismo Congreso que hace pocos meses censuró a José Jerí por su cuestionada gestión al frente del Ejecutivo ahora pretenda rendirle honores como si hubiese protagonizado una etapa ejemplar de la historia republicana.
¿Qué mérito extraordinario se busca reconocer? ¿Cuál fue el legado que dejó durante su efímero paso por la Presidencia de la República? ¿Qué servicio excepcional prestó al país para hacerse merecedor de una de las máximas distinciones del Parlamento? Las respuestas simplemente no existen.
Premiar el fracaso
La Medalla de Gran Cruz nació para reconocer trayectorias excepcionales y aportes extraordinarios a la Nación. No fue creada para convertirse en un trámite automático ni en una recompensa protocolar por haber ocupado un cargo durante unas semanas.
José Jerí no llegó a la Presidencia por decisión popular ni por un liderazgo excepcional. Accedió al cargo por una sucesión constitucional derivada de la vacancia presidencial y abandonó el poder pocos meses después, tras ser censurado por el propio Congreso.
Su gestión estuvo marcada por la improvisación, los cuestionamientos políticos y una cadena de escándalos que terminaron debilitando aún más la confianza ciudadana en las instituciones. Convertir ese episodio en motivo de reconocimiento institucional equivale a premiar el fracaso.

Los cuestionamientos siguen ahí
Más allá de las investigaciones o de las decisiones judiciales adoptadas en cada caso, resulta imposible ignorar que José Jerí arrastra una larga lista de cuestionamientos públicos que siguen formando parte del debate nacional.
Su nombre estuvo vinculado a una investigación por una presunta violación sexual, un caso que generó enorme atención pública y que afectó severamente su imagen política.
Posteriormente aparecieron nuevas controversias relacionadas con reuniones reservadas con empresarios, visitas cuestionadas a Palacio de Gobierno y contrataciones de personas cercanas durante su breve administración.
Cada uno de esos episodios erosionó la legitimidad de un gobierno que apenas logró mantenerse unos meses.
Una condecoración institucional no puede analizarse únicamente desde el cumplimiento de requisitos administrativos. También exige evaluar el impacto ético y político que transmite a la ciudadanía.
El Parlamento olvida demasiado rápido
La contradicción resulta evidente. El mismo Congreso que cuestionó su desempeño y terminó apartándolo del poder ahora evalúa distinguirlo con su máxima medalla.
Si un funcionario fue considerado incapaz de continuar ejerciendo la Presidencia de la República, ¿cómo puede ser presentado, pocos meses después, como un ejemplo digno de reconocimiento?
Las condecoraciones tienen un profundo valor simbólico. Representan aquello que una institución considera digno de admiración. Cuando ese símbolo pierde coherencia, la distinción también pierde prestigio.
Y lo más grave es que el Congreso sigue sin comprender que su mayor problema no es únicamente la baja aprobación ciudadana, sino la permanente desconexión con el sentido común.

Una medalla que pierde su significado
Si finalmente el Consejo de la Medalla de Honor aprueba entregar la Gran Cruz a José Jerí, quien realmente perderá no será la ciudadanía. Perderá el propio Congreso. Porque cada vez que una distinción deja de premiar el mérito para convertirse en un acto burocrático o político, el reconocimiento pierde valor.
Las medallas existen para honrar a quienes engrandecen las instituciones, no para mejorar la imagen de quienes las desprestigiaron. El Parlamento debería preguntarse qué mensaje enviará al país si decide condecorar a un expresidente cuyo breve paso por el poder estuvo rodeado de cuestionamientos y terminó con una censura aprobada por los propios congresistas. Todavía está a tiempo de evitar un nuevo error.
Porque las instituciones no solo se degradan por los escándalos que protagonizan, sino también por los homenajes que deciden otorgar. Y si la Medalla de Gran Cruz termina colocándose sobre el pecho de quien simboliza uno de los episodios más cuestionados de la reciente vida política peruana, el verdadero condecorado no será José Jerí. Será el descrédito.